Por Vicente Ramos

muestra en unas comarcas, el sello de lo ágil adolescente, y, en otras, la entraña vieja, ahita de madurar, agotada por tanto alumbramiento. Pero la tierra nuestra, la que conforma ese dorado cuerpo alicantino, su espiga lozana, es ejemplo único de esta difícil permanencia primaveral concebida ya en las raíces, y despierta, gloriosa, en la redonda gracia de sus frutos. Porque, Alicante, en hontanar de bellezas, espejo bruñido de lúcidos horizontes mediterráneos o alado juego –acrobacia en la brisa-, luminoso y grácil, de palomas y gavinas, que, en morada de azul, habitan.

            Nace la primavera del almendro, del blanco castísimo, cuajado en sangre sutil, o de la íntima unción que a los campos perfuma. Rubor y júbilo de adolescencia. Y es de maravilla gozar como hasta los montes tan callados y las sierras tan agrestes y bravas respiran el tacto, la presencia y el ritmo del azahar. Porque si ella surge, en cáliz de flor, del almendro no es menos cierto que se abre y vuela ahilando la tersura de unos cielos, donde el color es ala matineante que nace de la trigueña piel de nuestras playas.

            Serenidad en las mañanas de oro. Encanto sin nostalgia en los pétalos del crepúsculo. Velas blanquísimas, adelgazando la tierna linde del confín verdegay. Lejanías en asombro de azules. Esmeralda frondosa, brillante, acariciadora, de mar y olivos: criaturas que, en el almendro, un canto tejen.